viernes, 24 de diciembre de 2010

Cuando el mundo era joven todavía

Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven todavía, no había personas en él. No había que ordeñar a las vacas ni que dar de comer a las gallinas. Los animales se las apañaban muy bien. Eso duró mucho tiempo. El mundo era grande y salvaje. Por fin, un día apareció la primera persona, una mujer. Miró a su alrededor.
-No está mal todo esto-dijo.
Examinó las cosas con mayor detalle.
-Buena idea estos árboles-dijo bajo un arbusto verde claro.
También se fijo en las vacas y en las gallinas.
-Buena idea estos animales: dan leche, dan huevos y se pueden comer.
Cogió una banqueta de ordeñar, se sentó bajo la vaca y la ordeñó.
¿De dónde salía la banqueta de ordeñar?
La había traído ella.
Entonces, ¿traía equipaje?
Sólo una banqueta de ordeñar y un puñado de grano para las gallinas.
¿Había banquetas de ordeñar y grano para las gallinas en el lugar del que venía?
¿Cómo iba a traerlo si no?
¿De dónde venía?
Del extranjero.
¿Y cómo llegó al extranjero?
Estuvo allí siempre... Oye, ¿cómo quieres que lo sepa? ¡Y si no, cuenta tú la historia!


Bueno, pues en aquel tiempo, cuando el mundo era joven todavía, todo era joven. Estrellas jóvenes, piedras jóvenes, ríos jóvenes, personas jóvenes, pájaros jóvenes, árboles jóvenes...
¿Casas jóvenes?
También.
¿Y vacas? ¿Y gallinas?
Terdenas y pollitos. Todo un mundo pequeño, no mucho mayor que una casa. Aquel mundo vivió sólo una semana. Las personas, los animales y las plantas se murieron de sed; los ríos se secaron; las estrellas se apagaron; las pideras, pequeñas como granos de arena, se pulverizaron en el vacío. Un mundo hermoso, pero breve. Entonces hubo más de mil años de tranquilidad. Y después de más de mil años de tranquilidad, otros mil años de tranquilidad. Entonces fue apareciendo un nuevo mundo, esta vez sólo nubes, y encima de ellas el cielo, y debajo de llas el mar. Un mundo de nubes y olas.
¿Y después?
Nubes y olas.
¿Y todo lo demás? Tuvo que añadirse algún día: la hierba, las vacas, las personas, los pueblos.
No.
¿Cómo?
No se añadió nada.
Entonces, ¿se acabó la historia?
No, continúa, sólo que no pasa nada nuevo. Siempre lo mismo: nubes y olas, nubes y olas, nubes y olas.
¿Y el viento?
Si, viento. Nubes, olas y viento.
¿Y la cama en la que estás sentado, la ventana, el jardín, tú y yo?
Eso no existe. En esta historia no.
Entonces, ¿dónde?
En ningún otro sitio. No hay tierra la vista.
Claro que si, el paraíso.
Ah...


El mundo se llamaba paraíso cuando era joven. Las personas, los animales, las plantas, las montañas y los valles acababan de llegar. Se saludaron.
-Me llamo Eva, ¿y usted?
-Adán. Me llamo Adán, ¿y usted?
-León. Me llamo León, ¿y usted?
-Palmera. Me llamo Palmera, ¿y usted?
-Fuente. Me llamo Fuente, ¿y usted?
-Trucha. Me llamo Trucha, ¿y usted?
-Libélula.
Adán le preguntó a Eva:
-Perdone, ¿sabe usted dónde estamos?
-En el paraíso-contestó Eva.
-Paraíso-murmuró Adán-. Es la primera vez que lo oigo.
Dieron un largo paseo por el jardín, anduvieron por el musgo húmedo, por la arena suave, y saludaron por todas partes. Una hermosa mañana comenzaba. Todo nuevo, todo reluciente. Los elefantes saludaban con las orejas, las rosas perfumaban el aire como locas.
-Veo que comos las únicas personas-dijo Eva-. Tendremos que casarnos.
-¿Casarnos? Es la primera vez que lo oigo-dijo Adán en todo casi amistoso.
-Casarse significa estar juntos.Pero antes tenemos que querernos. Así es como se empieza. ¿Tiene usted algún inconveniente en que nos queramos?
-¿Querernos? Es la primera vez que lo oigo-dijo Adán.
Eva lo abrazó y lo besó largamente en la boca. En medio del beso tomó aliento y dijo:
-Esto es quererse.
Adán permaneció con la boca dispuesta y Eva siguió besándolo. Luego se hizo mediodía, y él dijo:
-No tengo ningún inconveniente, incluso en cierto modo me complace esto de querer.
Cuando volvieron a tomar aliento ya caía la tarde.
-Me gustaría que nos tuteáramos-propuso Eva.
Adán dijo:
-Está bien, querida Eva.
Así comenzó el mundo.
¿Has terminado?
Si. Mejor lo dejamos mientras sigan besándose. Los cuentos tienen finales felices, pero las historias del paraíso tienen principios felices.
Entonces volveré a empezar...


Cuando el mundo era joven todaviá, hubo que empezar por aprender a vivir. Las estrellas se reunieron para formar figuras. Algunas ensayaron al principio una jirafa, después una palmera y luego una rosa, hasta que inventaron la Osa Mayor. Otras formaron una pequeña niña, de la que después surgió Virgo. Mientras tanto otras estrellas habían formado un sagitario, un dragón, un toro o un cisne.
Las piedras lo tenían más fácil. Se volvieron duras y pesadas en el acto. Fueron las primeras cosas acabadas.
El sol comenzó a brillar, aprendió a salir y a ponerse. Cualquier otra cosa que intentara no le salía. Por ejemplo, cantaba. Pero su voz ronca asustaba al mundo entero, que aún era nuevo y sensible.
Durante mucho tiempo la luna no supo lo que tenía que aprender. ¿De verdad tenía que brillar? De día contestaba que no; de noche, que si. Como no podía decidirse, hacía lo siguiente: engordaba y adelgazaba, se llenaba y se vaciaba. Lo que sí que aprendió fue el cambio constante.
El agua aprendió a fluir. Lo consiguió cuando notó que para ello sólo había un camino: siempre hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo.
El viento estuvo quieto durante mucho tiempo. Por eso al principio no era nada ni nadie en realidad. Pero entonces descubrió que podría soplar.
Era fácil vivir. A cada uno le bastaba descubrir qué era exactamente lo fácil. Para el fuego era algo distinto que para la madera; para el pez, algo diferente que para el pájaro; para la raíz, algo diferente que para la rama.
El mundo se tomó su tiempo para organizarse. Después todo marchó solo. La lluvia no tenía más que caer de las nubes para verterse sobre la tierra, las personas no tenían más que abrir los ojos para ver lo bueno que era todo. Si cada uno hacía lo que le resultaba fácil, el mundo quedaba ya bastate ordenado.
El mundo estaba bastante ordenado todavía...
¡Pssst! No sigas. Es mejor que empecemos otra vez desde el principio. Esta historia no tiene fin, sino comienzos, muchos comienzos...


Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven todavía...




Jürg Schubiger, Cuando el mundo era joven todavía

jueves, 9 de diciembre de 2010

-¡Está mintiendo!

-Creo que el término político es hablar


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